El crash financiero de 2008 puso al descubierto las miserias de un sistema financiero que había dejado de cumplir su misión fundacional: vehicular el ahorro de unos para facilitar las inversiones de otros. Se ha hablado ampliamente y se hecho culpable, sobre todo, la codicia de banqueros y financieros. Hay, sin embargo, otro factor aún más miserable: ¡su cobardía! Fondos estructurados y otros instrumentos financieros sofisticados eran, de hecho, vehículos para rehuir el riesgo y pasarlo al inversor sin decírselo; así como la concentración en inversión hipotecaria era de hecho, la demostración de una evidente preferencia por aquellas inversiones históricamente menos arriesgadas.

Sobraba dinero para hacer casas, muchas más de las necesarias, y, en cambio, ¡era casi imposible conseguirlo para inversiones productivas! ¿Cómo no iba a provocar esto la contracción económica posterior?

¡La combinación de codicia y cobardía terminó siendo catastrófica! Y lo que es peor: no parece que esto haya cambiado. ¿Para que debería hacerlo si las consecuencias las han acabado pagando los titulares de bonos basura, los preferentistas y todos los contribuyentes vía rescates bancarios?

El único cambio sistémico observable lo constituye la aparición de nuevos actores financieros: principalmente, las plataformas de crowfunding y crowdlending. Su virtud, una especie de regreso al origen: poner en contacto directamente ahorradores e inversores, hacer transparentes las operaciones y tratar a los clientes como adultos, con capacidad para decidir el riesgo que quieren asumir. Un riesgo inherente al hecho de vivir y la justificación de todo beneficio; un riesgo que quien oculta con sortilegios sólo engaña.

Jordi Angusto Zambrano

Profesor de la UB y vicepresidente de la comisión de innovación del Col·legi d’Economistes de Catalunya. Asesor económico dedicado a la política económica.