Cuando analizamos cómo se aplican los impuestos indirectos la sensación que nos queda es la de que hay que pagar por todo. Y a este argumento no le falta razón. Realmente las políticas fiscales ya tienen poco margen de maniobra para encontrar nuevos elementos, o sujetos pasivos, que den lugar a más impuestos. Cuando es necesario aumentar la recaudación, la práctica habitual es subir los que ya existen.

Sin embargo, los impuestos indirectos presentan matices particulares. No se pagan en fechas concretas, ni hay anticipos a cuenta, como ocurre con los impuestos directos (sociedades o renta). Su naturaleza es la de gravar la utilización de la riqueza o la manifestación de una capacidad económica y se centran básicamente en la capacidad de consumir. En general, se pagan directamente cada vez que realizas una compra para tu empresa o abonas algún servicio, y se presentan “camuflados” en las facturas de nuestros proveedores, muchas veces sin darnos cuenta de que están ahí.

Dos ejemplos concretos de esa inadvertencia, los encontramos en una de las categorías de los impuestos indirectos: los impuestos especiales, que gravan algunos consumos específicos.  

  • Impuesto sobre electricidad: El total del coste eléctrico de las instalaciones de tu empresa incluye este impuesto indirecto. Basta con fijarse para detectarlo dentro de los conceptos de la factura de la compañía eléctrica.  
  • Impuesto sobre carburantes: Cada vez que uno de los vehículos de tu empresa reposta combustible, una gran parte de lo que se paga corresponde al impuesto especial sobre hidrocarburos.

Es relevante recordar, en este punto de los carburantes, que algunas Comunidades Autónomas ejercieron su potestad para aplicar en estas facturas el Impuesto sobre Ventas Minoristas para determinados hidrocarburos (IVMDH), lo que se conoce como céntimo sanitario.  Después de que Bruselas declarara ilegal este impuesto, muchas empresas, sobre todo del transporte, están empezando a reclamar la devolución de los importes pagados.   

No obstante, sin duda, el gran impuesto indirecto para una pyme es el Impuesto sobre el Valor Añadido (IVA).

La gestión del IVA en tu empresa

El IVA, como el resto de los impuestos indirectos, grava la utilización de la riqueza. Para una pyme, es un impuesto que recae sobre el consumo de bienes y servicios y realmente lo cargan tus proveedores en las facturas que te envían.

El IVA presenta una doble obligación para tu empresa:

  • Para pagar: Se paga, como hemos visto, con cada factura de gasto de un proveedor. Es un valor añadido al importe real de los productos o servicios que adquieres para tu negocio. Cuando un proveedor te emite una factura quedas también obligado al pago del IVA correspondiente.   
  • Para recaudar: Actúas como recaudador para Hacienda. Para ello debes aplicar a las facturas que emites a tus clientes el valor que corresponda por dicho impuesto. Actúas con tus clientes de la misma forma que tus proveedores contigo.

Aunque en ocasiones se pueda entender así, no es correcto decir que el IVA se paga cada trimestre. El IVA lo pagas en cada factura de gasto (siempre que la operación no esté exenta del impuesto).  Lo que se hace cada trimestre es regularizar las cuentas con Hacienda, es decir, hacemos los cálculos para comprobar si, en tu doble función de pagador-recaudador, le debes dinero al Estado o te lo debe él a tí.   

  • Si has recaudado más de lo que has pagado, la diferencia debes ingresarla en Hacienda.
  • Si has pagado más de lo recaudado, es Hacienda quien te debe esa diferencia, aunque sólo te permite dejarla pendiente para compensar las siguientes declaraciones trimestrales. Sólo a fin de año, si el resultado sigue siendo el mismo, puedes optar a la devolución.

El IVA, como impuesto indirecto, es algo engañoso. Se puede interpretar que lo que cobras de IVA, por las facturas que emites, no te pertenece. Por lo tanto, si la declaración trimestral te sale a pagar, no sería realmente un pago de impuestos sino la devolución de un dinero que no es tuyo.  Sin embargo, lo normal es utilizar todo lo que cobras por tus facturas para el desarrollo de la actividad, lo que puede implicar un gran trastorno si hay que devolver algunas cantidades en la liquidación trimestral.

La reforma fiscal de 2012 produjo cambios muy significativos en el IVA, con una subida generalizada tanto por la aplicación de tarifas más altas como por la reclasificación de algunas actividades (que en algunos casos pasaron a tributar del 8 al 21%).

Esta subida ha supuesto un duro golpe para muchas pymes, sobre todo para aquellas cuyos clientes principales son consumidores finales que no pueden deducir el IVA. Para no repercutir todo el impuesto en sus precios, y no perder clientes, han tenido que asumir parte de ese IVA como propio. Esto, en la práctica, supone para muchas una doble imposición. Una carga más para poder salir adelante.

 

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